domingo, 14 de junio de 2009

TENER MÁS Y MÁS Y MÁS ...

Quería esta tarde de domingo, mientras leo la prensa salmón del fin de semana,
y no viene a " cuento " de por qué,
contarte la historia de Pakhom,
un corto cuento de León Tolstói.

Pakhom era un campesino que desde la muerte de su padre soñaba
con tener un terreno tan grande como las vastas propiedades que poseen
los más ricos miembros de la nobleza rusa.
Siempre pensó y dijo a sus amigos que si algún día cumpliera ese objetivo se sentiría, por fin,
verdaderamente feliz y satisfecho.

Un día, Pakhom salvó al hijo del hombre más rico de Rusia de morir ahogado.
El padre del niño, emocionado, le ofreció en pago un regalo sorprendente:
le concedería sin costo, todo el terreno que él mismo puediera rodear corriendo
por su propio pie, entre la salida del sol y el ocaso.

Pakhom aceptó agradecido y se dispuso a aprovechar la gran oportunidad
que las circunstancias le han ofrendado.

Al amanecer del día elegido, Pakhom estaba preparado para la que sería
la más importante carrera de su vida.

Tenía todo su recorrido trazado en la mente: arrancar hacia el sur, subir el monte,
bajar por la ladera oeste, la más escarpada, y cruzar el río,
correr lo más que pueda hacia el norte hasta que el sol comience a descender
y en ese momento dando la vuelta por detrás del viejo molino volver al punto de salida.
El plan era perfecto, ... esa misma noche será inmensamente rico.

Podría jactarse con sus amigos de tener más tierra de la que necesita.

La orden de partida llegó, Pakhom comenzó a correr a una velocidad vertiginosa,
sabía que cuanto más rápido corriese y más lejos lleguase, mayor sería su recompensa.

No se detuvo a comer ni a beber, no vio más que el camino trazado hacia adelante.
Corrió y corrió y corrió...
El tamaño de su propiedad aumentaba a cada paso.

Finalmente cuando el sol se acercó al horizonte y las sombras empezaron a envolver el valle,
Pakhom avanzó hacia la meta y la cruzó victorioso.
Todo el pueblo empezó a aplaudir, pero él no sonreía;
al dar su último paso, Pakhom cayó exausto al suelo...
Los vecinos se acercaron, pero no puedieron reanimarle.
Había muerto de agotamiento.

Ya lo dijo Tolstoi:
toda la tierra que a partir de ese momento necesitaría sería de un metro ochenta.


¿ Cuándo nos daremos cuenta que tener no es ser ?

2 comentarios:

Sergio dijo...

Aristóteles en el siglo quinto antes de cristo ya clasificaba la felicidad según se buscase la riqueza, el placer, la virtud o la vida contemplativa.

Ni que decir tiene que ni la riqueza ni el placer le servían para encontrarla, porque la felicidad había que buscarla "en una vida entera". Tanto la riqueza como el placer son efímeros, y encima dependen de otros, por lo que un ideal basado en acumular riqueza o placer sólo nos podrá dar una felicidad pasajera y vacía, como un cubo con agujeros. Sin embargo, el placer de lo concupisciente es tan grande, tan cerca de nuestros instintos animales, que resulta duro pensar que ese éxtasis no va a durar siempre.

Así que llevamos muchos siglos pensando lo mismo... ¡y se nos olvida!

Sea lo que sea la felicidad, no va estar en algo que lo conseguimos de fuera y que nos pueden quitar. ¿no sería mejor buscarlo dentro, que ahí lo mismo si lo encontramos? Y si tenemos en cuenta que ese interior no está aislado, pues mejor, que somos más humanos cuando somos parte de una comunidad.

Gracias por tu reflexión.

Fernando dijo...

Sergio,
me encanta tu aportación a este post. Tanto por tu comentario como por las palabras aristotélicas, tan de actualidad.
Gracias amigo !