sábado, 26 de noviembre de 2011

NEUROSIS POR DECAPITACIÓN

Ilustración de Francisco López

Según las religiones y los últimos avances de las ciencias,
incluso bajo la óptica de los viejos pensadores y filósofos, y de los no tan viejos,
profetas contemporáneos de nuestro devenir,
la clave de la felicidad no está tanto en las circunstancias externas
sino en nuestro interior.
Permítanme decirlo de otro modo:

... EN NUESTROS
PENSAMIENTOS

¿Por qué ante un mismo hecho a veces reaccionamos de diferente manera?
¿Por qué unas personas ante un mismo evento reaccionan de una manera catastrófica
y otras de una manera adaptativa, adecuadamente y sin machacarse?
¿Qué les hace diferentes?

Sólo una cosa: el modo en que gestionan la manera de observar la realidad
y los pensamientos consecuencia de esta observación.
Es decir, por la manera en que manejamos conscientemente nuestro

diálogo interior

Un suceso siempre provoca un sentimiento, aunque simplemente sea
para no darle importancia en ningún sentido.
Ahora bien concretarlo en algo positivo o negativo depende de nuestro
diálogo interior.
De cómo y qué nos decimos sobre lo vivido.

Un diálogo interior compuesto por pensamientos positivos genera un estado positivo.
Y si es negativo así mismo nos generará un estado negativo.
Ambos tipos de pensamientos suelen surgir de forma inconsciente.
Están ya automatizados en nuestro interior producto de nuestras vivencias
anteriores, de nuestras creencias, de nuestro conocimiento, ...
Y además suele conformarse en “círculos viciosos”:
cuando más ansioso estás más ansiedad te llega,
cuando más triste te sientes parece que todo son noticias tristes, etc...

La única forma de romper este círculo maligno es poniendo atención consciente
a lo que pensamos y desde ahí modificar nuestro diálogo interior.
Para ello conviene preguntarse con más frecuencia y en ciertas ocasiones
si el pensamiento que nos llega es producto de nuestra actitud irracional
o si está apoyado en hechos.

Ejemplo:

Un pensamiento de tipo: “Llevo diez entrevistas sin encontrar trabajo”,
puede ser un hecho cierto.
La interpretación del mismo: “No valgo para nada”,
ya es una conclusión traída de un pensamiento irracional exagerado y catastrofista ,
generado por una valoración negativa de un hecho,
pero no por el hecho en sí.

La mejor estrategia consiste en identificar los pensamientos irracionales negativos
analizarlos, ponerles freno y convertirlos en un diálogo interior positivo.
Y a partir de ese momento empezar a seguir buscando y accionando nuevos hechos.

Por otra parte, el diálogo interior negativo nos suele acostumbrar a viajar en la vida
bajo el estigma de una insatisfacción continua incluso en momentos de alegría;
lo cual es todavía más duro si cabe.

Recuerdo un amigo al que le tocó hace unos meses un premio de lotería
con el que ganó varias decenas de miles de euros.
Al felicitarle me dijo:
“Jo!, ...ya podía haber sido un 3 y no un 7 el número que iniciaba la cifra de mi cupón.
Ahora sería millonario”

En vez de estar contento porque con un juego de azar había conseguido más que durante varios años de dedicación profesional y mucho esfuerzo en su trabajo,
lo que echaba de menos y recalcaba con su lenguaje y con sus gestos era
LO QUE NO TENÍA; LO QUE NO LE HABÍA SUCEDIDO.

Pero ¿qué es lo que nos hace que miremos más la serpiente que la manzana?
Incluso cuando la manzana está en nuestra mano.

Quizás sea de nuevo la manera de enfocarnos sobre los hechos
y lo que de ello nos decimos.
No nos damos cuenta del poder del lenguaje.
A mi parecer es la clave de la felicidad.

Podemos atacarnos con nuestro propio pensamiento y enfocarnos en vivir
bajo la idea de lo que nos hace más desgraciados; a desear lo único que no tenemos.
A ser esclavos de un fatal síndrome de
inconformismo crónico y acelerado.
A no disfrutar de lo conseguido.
A entrar en la llamada neurosis por decapitación,
es decir,

A VIVIR
VIVIENDO
LO NO VIVIDO


sábado, 19 de noviembre de 2011

DESDE SAN FRANCISCO, UN CUENTO

Se queda un puente de mar azul tendido para siempre...

En un colegio el niño preguntó a la maestra:
- Maestra, ¿qué es el amor?

La maestra sintió que el niño merecía una respuesta muy especial.
Valoro diferentes opciones pero no encontraba como explicar un concepto
tan terrenal, pero tan intangible, difícil de compartir, tan de cada uno, ...
No quería dar definiciones. Ni una, ni varias.
No quería abrir un debate entre todos los alumnos.
Prefería que ellos mismos lo comprendieran haciendo un acto de amor.
Era una de esas maestras que piensan que lo mejor para aprender de verdad,
y para siempre, hay que vivirlo, experimentarlo, ...hacerlo.
¡Aprender haciendo!

Como ya estaban en la hora del recreo les pidió que salieran al patio
y que de vuelta trajeran algo que para ellos significaba amor.
Los chicos salieron apresurados, con sus ojos exploradores buscando por todos lados,
valorando opciones, intentando crear metáforas, comparando,...

Cuando volvieron la maestra les dijo:
- Quiero que cada uno muestre lo que trajo consigo para explicar el amor.

Uno de ellos, el más espabilado se adelantó a sus compañeros y explicó:
- Yo traje esta flor, ¿no es linda? ¿No representa la esencia del amor?

El segundo alumno dijo:
- Maestra y yo cogí esta mariposa. Me gustó su colorido. La sensación de libertad.
Su creatividad cuando vuela. Y la transformación al saber que alguna vez,
antes de hoy, fue gusano de sea.

El tercer alumno precipitadamente cortó al anterior en su exposición y comentó:
- Yo, yo, yo maestra sé lo que es el amor. Por eso cogí este pajarito del nido.
¿No es gracioso? Pía y pía todo el día en su red de contactos,
comunicándose con los de su misma especie que están en otros nidos,
con los que habitan en el mismo árbol o en otros árboles muy lejanos.

Y así, uno a uno, entre los 29 que formaban la clase, fueron explicando
qué era lo que habían encontrado para explicar el amor
en esa parada de la clase a la que llamamos recreo.
Que se llevaban como idea del amor.
Cual sería su metáfora del amor para el resto de su vida.

Sólo una niña de la clase no dijo nada.
Y la maestra, sorprendida, se acercó a ella y le preguntó:
-Por qué tu no has traído nada para explicar el concepto amor.

A lo que la niña, joven pero sabia, contestó:
- Maestra no necesito nada para explicar el amor que yo he vivido
mientras duró ese tiempo de recreo.
Discúlpeme pero yo vi a la mariposa y la disfruté aunque sabía que no podía llevármela. Pensé que en llegar a casa o aquí mismo en la clase sería capaz de hacer
lo que ella hacía en el patio: volar con libertad y transformarme tantas veces
como fuera necesario.
Y vi también el nido del pajarito. Y como piaba.
Aprendí la importancia del amor en las relaciones.
Y que estar conectados nos ayudará a crecer a todos.
Y no sólo de él aprendí el verbo amar, sino también el verbo compartir,
que le queda muy cerca.
Maestra también vi la flor, pero no la arranqué porque de ella aprendí al belleza,
la pasión por los demás, y por uno mismo,
el aprender a dar tu mejor aroma para poder así recibir.

Todo esto me lo he traído maestra para entender el amor.
Ahora me tocará a mi vivir el amor.
Para ello no olvidaré jamás el aroma de la flor, ni la transformación de la mariposa,
ni la libertad del pajarito.
Lo llevaré a mi vida, a mis decisiones, a mis acciones, a mi casa, a mi escuela, ...
Ahora ya no necesito explicar el amor maestra, porque el amor ya vive conmigo.


...así vivimos la verdadera vida;
no explicándola
ni siquiera observándola,
sino creándola.



Desde San Francisco me llevo mucho para esas nuevas
cre-e-a-cciones
Gracias amig@s ! A los que me habéis acompañado y los que me habéis recibido.



lunes, 14 de noviembre de 2011

EPIGENÉTICA: CIENCIA Y MENTE UNIDAS

Ilustración de Sean MacKaoui

El pasado sábado el avión que había salido de Londres pasaba a treinta mil pies
por encima del helado desierto de Groenlandia camino de San Francisco.
Miraba ese desierto helado mientras pensaba que somos un pequeño universo dentro de otro y otro y otro y otro...
Quizás lo que me provocaba estos pensamientos tenía mucho que ver con la lectura
que llevaba entre manos: un artículo del profesor Dr. Bruce Lipton, biólogo celular,
experto en explicar científicamente, pero de forma my sencilla, las conexiones existentes entre mente (=creencias) y vida (=biología).

Lipton fue en sus inicios profesor de Biología celular en la Universidad de Wisconsin
y posteriormente en la Universidad de Stanford.
Estableció las bases científicas de lo que ahora configura la nueva Epigenética.
Una forma de entender la genética desde los "eventos" que suceden en el entorno
en el que se encuentran los genes.
Es, según esta ciencia, el entorno externo en el que condiciona
la expresión biológica de un gen, su activación, su respuesta
y no al revés como se había explicado siempre desde la ciencia más determinista.

Lipton afirmó y demostró, junto a otros colegas suyos,
que la carga genética de un ser vivo NO sólo no determina las condiciones
en las que se va a desarrollar y crecer, sino que ni siquiera
es el factor condicionante más importante.
Según sus investigaciones lo que verdaderamente condiciona la expresión genética
es el entorno al que está sometida la célula y a la capacidad energética de la misma.

Esta teoría echa por tierra el viejo paradigma determinista de que el gen domina todo.
El gen ya no decide por si sólo.
La herencia es importante pero no marca tu futuro.
No evita pensar que vivimos bajo un destino incambiable. Insustituible.
El futuro puede ser creado.

Lipton y otros aseguran, desde su experimentación científica
no desde la chamanería charlatana, que si somos capaces de cambiar nuestras creencias seremos capaces de cambiar nuestra biología.

Llevándolo a un leguaje diferente:
podemos cambiar el curso de nuestra vida si modificamos el tipo de energía
que utilizamos para conducir la vida.
Un científico al pensamiento positivo como motor de cambio.
Nos permite movernos de la posición de víctima a la posición

"DUEÑO DE MI DESTINO"

Si Mendel levantara la cabeza.
O el mismo Darwin...

Estos nuevos biólogos expertos en Epigenética trabajan con células madre
clonadas y con células cancerigenas.
En España es conocido el doctor Manel Esteller,
director del laboratorio de Epigenética del cáncer y del programa del Centro
de Investigaciones Oncológicas (CNIO),

Esteller ha dicho metafóricamente:

"Si los genes fuesen palabras sueltas,
la epigenética representa
los puntos, comas y demás signos de ortografía
que nos permite entender una secuencia".

Son nuevos científicos que están poniendo patas arriba la eterna controversia
entre herencia y medio. El péndulo de la ciencia yo no se inclina a favor de la herencia.

Se cae la idea de que también son nuestros genes los que controlan nuestras emociones, nuestra formas de observar e interpretar el mundo que nos rodea.
Parecería ser, más bien al contrario, que nuestra interpretación del mundo
es la responsable de la activación o no de ciertos genes.

Ya no debemos dar crédito al hecho de que si eres infeliz es porque así naciste.
Si has nacido con el gen de la infelicidad estás condenado a ser infeliz.
O igual en el caso de la tristeza, la alegría, la ira, ...
No estás condenado genéticamente a ser nada, exceptuando tu físico
y, en sólo en cierta medida, algunos de los condicionantes relacionados
con la salud física.

Lipton durante su estancia en Stanford demostró que los genes no se pueden
activar o desactivar a su propio antojo; destruyendo así el viejo paradigma
de que la genética condiciona la vida.
En términos científicos: los genes no son autoemergentes.
Siempre es "algo" en su entorno lo que determina su actividad;
lo que hace que se expresen o no.

Estamos ante la nueva visión científica de la biología celular.
Ya sabemos hoy día que el verdadero "cerebro" de la célula no está en el ADN,
sino en la membrana celular, en la "piel" de la célula.

Para los más interesados en el tema os recomiendo los trabajos de
Bruce Lipton, que en un lenguaje sencillo, básico, para neófitos,
nos lo hace comprensible. Podéis leer su libro "Biología de las creencias"

Pongamos ciencia a lo que tantas veces hemos predicado:

Los pensamientos positivos,
la visión positiva de la realidad,
tiene un intenso efecto sobre
el comportamiento
y los resultados del mismo

Pero igual valor y de igual forma ocurre con los pensamientos negativos.
¡Cuidado!
Elegirlos está en nosotros
El pensamiento se convierte en creador de la realidad.
Somos lo que pensamos.

Las células necesitan desarrollarse y crecer dentro de sus entornos biológicos.
Sin embargo a veces no lo consiguen.
Lipton también ha demostrado, con otro tipo de investigaciones,
que es el miedo el principal bloqueador, el que no permite esa expresión y crecimiento.
¿No ocurrirá igual con el conjunto de más de 50 billones de todas ellas juntas
que nos forma a cada persona?

ciencia y mente unidas


domingo, 6 de noviembre de 2011

LOS TRES PERSONAJES

Los tres personajes
Rufino Tamayo


Te has parado a pensar qué piensas tu sobre ti...

Valdría la pena porque según dicen los expertos,
el autoconocimiento
es, probablemente, el principal factor facilitador de la inteligencia emocional.

Ahora bien nos enfrentamos con un problema:
al pensarnos solemos hacer un análisis defectuoso, irreal, engañoso sobre el “yo”.
Ego que se va construyendo con las vivencias que tenemos desde la infancia.
También con la educación y el entorno en el que nos desarrollamos.

Al poco de nacer ya tenemos consciencia de nosotros mismos
y es, a partir de ahí, cuando nos vamos “construyendo”.
Vamos adquiriendo conocimiento de uno mismo.

Vamos con la vida, es decir con el tiempo,
creando el personaje que habitamos.
Con el que compartimos todo, aunque pretendemos engañarlo con frecuencia.
Y así vamos siendo lo que somos y lo que no somos.

¡No nos conocemos como realmente somos!

No tenemos un conocimiento puro; no somos objetivos.
Porque no sólo nos creamos bajo la óptica de la propia vida,
y de cómo la vivimos realmente, sino también al amparo de la interpretación
que nos dan las gafas de cómo nos observamos y de cómo nos pensamos.
Somos espectadores de nosotros mismos.
Somos lo que pensamos que somos.

Y, por si esto fuera poco, también somos tal y como vivimos para los demás.
De nuestra representación que hacemos en el escenario de la vida al servicio de otros.
Con frecuencia, en muchos de los casos, representaciones diferentes
de la representación que hacemos en pase privado, para nosotros mismos;
producto del actor que llevamos dentro al servicio de otros públicos.

Somos lo que nos gusta aparentar. Vivimos en el escaparate.
No ser pero creer ser para la satisfacción de los otros. Para la complacencia.
De lo que no hacemos y llegamos a creer que hacemos.
De lo que no sabemos y hacemos creer que sabemos.

Auto-conocimiento y auto-engaño viajan de la mano.

Todos somos tres,
los tres personajes:

El que creemos que somos
El que representamos a los demás para que crean que somos
El que realmente somos



martes, 1 de noviembre de 2011

EL OTRO SÍNDROME DE DIÓGENES


No sólo las personas somos los únicos animales que podemos caer más de una vez
con la misma piedra; sino que una piedra nos puede hacer caer a muchas personas
y no hacer ninguna de ellas nada para cambiarlo.

Diógenes era un filósofo griego que solía salir a la calle y observar la conducta
de las personas para desde ahí reflexionar y compartir sus aprendizajes con
sus seguidores y el resto de la ciudadanía que le quería escuchar.

Un día se sentó en el cruce entre dos senderos mientras observaba el
comportamiento de los transeúntes que pasaban por delante de él.
Por lo visto, en medio de ese cruce había una piedra bastante grande
con la que casi todos tropezaban una y otra vez.
Tras varias horas de observación, Diógenes comprobó que la mayoría
de los peatones actuaban de la misma forma.

El primer rasgo en común que veía es que todos ellos andaban con prisa
sin ser conscientes de que había una piedra en medio del camino.
La segunda observación que muchos de ellos tropezaban con ella.
Y el tercer hecho observado es que todos los que tropezaban,
maldecían la piedra.

En ese momento en el que Diógenes observaba a los ciudadanos
apareció un discípulo que le preguntó:

“Maestro, ¿Qué está haciendo?"
Y Diógenes contestó: “Aprendiendo"

El discípulo intrigado se sentó junto a su maestro. Y ambos se quedaron en silencio.
Seguidamente un nuevo transeúnte cruzo el sendero con paso firme,
se tropezó con la piedra y maldijo.
Al ver de nuevo esta escena, el filósofo empezó a reírse.

“¿De qué se ríe maestro?", preguntó el discípulo.
“¿Del hombre que acaba de tropezar?
¿No veo ningún aprendizaje en ello, maestro?”

Diógenes, sin perder la sonrisa, contestó:

“Me río de la condición humana querido discípulo.
¿Ves esa piedra que hay en medio de la calle?
Desde que he llegado aquí esta mañana, al menos treinta personas
han tropezado con ella y todos la han maldecido,
pero ninguno se ha tomado la molestia de retirarla
para que no tropiecen otras personas"

Acto seguido el maestro se levantó del suelo y apartó la piedra del camino.

Cuando nos encontramos esas piedras, que son obstáculos en nuestro camino,
la conducta más común y fácil por la que optamos, en general de forma inconsciente,
es la de maldecir
y seguir adelante, con la prisa habitual, sin intentar cambiar nada,
y sin compartir con los demás los riesgos ni los aprendizajes.
Es la cultura de la queja, otro Síndrome de Diógenes.