domingo, 12 de enero de 2014

Oda a la tristeza




La tristeza es una emoción necesaria
No podemos huir de ella.
Está, como la alegría, para ser vivida, sentida, compartida.

Numerosos manuales, libros de autoayuda, novelas, ...,  hablan de la alegría.
Y la ponen en valor, como no puede ser de otra forma.
Muchos menos dedican sus páginas ha compartir el significado y valor de la tristeza.

La vida es equilibrio.
Y en ese equilibrio todas las emociones son necesarias.
Tristeza y alegría juegan su papel. No son tan diferentes.
Cada tristeza esconde una alegría que la complementa, que la equilibra.

En náutica, la tristeza llamada “derrota”, es el rumbo correcto.
El la vida, el aparente derrotismo de la tristeza a veces indica el rumbo correcto.
La felicidad es productiva. Lo sabemos.
La tristeza también es productiva, ... y a veces, no lo sabemos.

La tristeza es la emoción que siempre expresa una pérdida.
Una pérdida real o imaginada. Una pérdida ya producida en el pasado, viviéndose en presente,
o que se prevé para el futuro.

La tristeza no es de débiles. Los niños lo saben, disfrutan también de ella.
La tristeza no es pena, ni pesimismo, ni angustia, ni miedo.
Vivir un estado de tristeza, en muchos momentos, puede llevarte a un optimismo realista e inteligente de una realidad.
La tristeza puede predisponerte al entusiasmo.
La poesía se llena, en ocasiones, de tristeza. La pasión se puede vivir con tristeza.

Ya lo dijo el Talmud:

“Quien sabe de dolor,
todo lo sabe"


En la oscuridad las orejas son más útiles que los ojos, decía Jodorowsky.
La tristeza, en ciertas oscuridades, es más útil que la alegría.

Algo cambia en nuestra vida y nos venimos abajo. Nos sentimos tristes.
Se rompe la normalidad, la calma, y en ese momento el primer sentimiento que nos llena
es la perdida y su emoción la tristeza.
Todos pasamos a lo largo de nuestra vida por este tipo de momentos: la pérdida de un ser querido,
el viaje que nos aleja de nuestro amor, un divorcio,  ...
Momentos en los que nos sentimos hundidos.

Sin embargo en esos momentos necesitamos vivirlos con tristeza, porque la tristeza nos catapulta
a un nuevo estado consciente que nos ayudará a afrontar la nueva situación.
A aceptarla. A vivir con ello.

La tristeza, con frecuencia, es el fin de algo. Lo cual marca, por su propia definición, el principio de otro camino.
La tristeza que nace del pasado puede llenarse de alegría en el futuro.
Tristeza como motor de cambio.

La tristeza no es una emoción al servicio de la queja.
No vive en el victimismo.
Es tan sólo un estado temporal del alma, cuando esta se arruga para coger nueva fuerza y volver a expresarse.
La tristeza que te fortalece.
La tristeza que te evita la ira.
La tristeza puede ser muy agradecida cuando es recibida como un estado temporal de sanación.
Cuando significa un tránsito.

La tristeza también es productora de nuevas ideas, por instantes puede ser una emoción al servicio
de la creatividad en estado puro.
La tristeza te invita a la reflexión. A parar y pensar. A decidir.
La tristeza como emoción orientadora.
La tristeza seductora.

La tristeza puede ser interpretada como bella cuando te ayuda a comprender el momentum.
Te acerca a la compasión, a la humildad para preparar los cambios que se avecinan,
a la admiración por los que otros han decidido y a ti te afecta.
La tristeza que te mueve por dentro, te da fuerza para movilizarte y no caer en la frustración.

Para llevar una vida plena, necesitamos entendernos con la tristeza, llevarnos bien con ella.
Viviremos, nos guste o no, momentos difíciles. Ella estará ahí para ayudarnos.

Los filósofos griegos, entre ellos Aristóteles, se referían a la felicidad, como eudaimonia,
que se traduciría hoy como felicidad con plenitud.
Entendida en la Grecia clásica como la felicidad que depende de la suma de los eventos vividos
desde la alegría y de aquellos que reportan tristeza.
Así lo representaban en el teatro con sus diferentes máscaras.

También nosotros necesitamos aprender a vivir con todas las máscaras.
Disfrutar de los momentos alegres, aprovecharlos, no dejarlos pasar.
Aceptar los momentos tristes, darles el espacio que les corresponde.
Ser la suma de ambos para así vivir no desligados de la realidad.
Vivir las emociones en concordancia con la razón, que nació para justificarlas, para encontrar su por qué.

Pensar positivamente es mejor que pensar negativamente.
Pero puedes pensar positivamente desde la tristeza.
Y, cómo no, negativamente, bajo un estado de alegría.
Lo verdaderamente fructífero es pensar desde un estado realista inteligente, comprender que la vida
es una interacción entre estados de luz y de sombra.

Marcel Proust nos dijo que sanamos de un estado de sufrimiento si lo experimentamos en su totalidad.
Quizás por ello la tristeza nos ayuda a encontrar el nuevo horizonte.
El desarrollo humano no siempre viene del placer.
La historia nos demuestra el valor de la tristeza en la evolución humana y natural.

La tristeza puede ser una emoción positiva.
La tristeza es necesaria.
Así que me doy el permiso de estar triste,

¿ y qué ?




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