lunes, 9 de marzo de 2015

E S P E R A N Z A, un viaje al futuro






Cuenta la mitología que Prometeus, el gran titán que creó
la humanidad regaló a los mortales, bajo secreto, el fuego del Olimpo
además de los conocimientos que había recibido de la diosa Atenea.
Al enterarse Zeus, el dios superior, se enfadó y le castigó a él
atándolo a una columna y torturándolo salvajemente.
También quiso castigar a todos los mortales.
Para ello mandó a la Tierra a la bella Pandora con una caja
en la que había guardado todos los males y calamidades
posibles imaginados.
Pero Zeus estaba ese día tan ofuscado por el enfado que,
sin darse cuenta, dejó en la caja también a la

E S P E R A N Z A

Un día Pandora destapó la caja por curiosidad y de ella salieron
todos los males que atacaron a los mortales.
Todavía viven entre nosotros, según cuenta la leyenda.
Pero afortunadamente tapó la caja antes de que se escapara
la esperanza, el único consuelo que le quedó a la humanidad.

La esperanza, en sentido genérico, es un estado de ánimo basado 
en la expectativa de un resultado favorable.

Existen dos tipos de espranza.
Una se refiere a las expectativas generales que aguardamos
para un futuro.
Es decir, se trataría del significado positivo que le damos al destino.
Es el grado de fe que ponemos en lo que está por llegar.
Vive cerca y alimenta los sueños.

El otro tipo de esperanza es más concreto.
Se basa en la fuerza de voluntad.
En la energía que utilizamos para conseguir nuestros deseos.
Se trata del esfuerzo que invertimos en alcanzar nuestros objetivos
y la planificación estratégica que diseñamos para lograrlos.

Ambas formas de esperanza nos alimenta el sentido de futuro
desde una valoración positiva de su consecución.
Tan necesaria la esperanza en momentos de consuelo, 
en situaciones de dificultad.
Pero también tan necesaria en momentos en los que la perseverancia
es el motor de consecución de metas o de solución de problemas.

Perder la esperanza es perder el sentido de futuro.
Cuando más incapaces nos sentimos de anticipar el mañana
más espacio dejamos para que la angustia y la incertidumbre
nos invada y se haga la protagonista de nuestros días.
En esos momentos el entusiasmo, la alegría y la voluntad
se van de vacaciones.
Perdemos la confianza en nosotros mismos y en lo que nos rodea.
La sensación de seguridad se vuelva precaria.

Ni la seguridad ni la certeza son inherentes a la vida.
No es posible estar vivo y no estar inseguro.
No es posible estar vivo y vivir sin estar rodeados de incertidumbre.

Es la esperanza el aceite que nos permite engrasar
y gestionar adecuadamente la incertidumbre y la inseguridad
natural que la vida nos regala.

La esperanza también es un relajante vital.
Buenas dosis de esperanza es un relajante del sistema nervioso central.
Nos permite no tener que estar todo el tiempo vigilantes de
que se pueda disparar alguna de las alarmas vitales.

Vivimos la vida muy preparados para “por si acaso”.
Esto, que es biología en estado puro, 
nos mantiene más de lo que nos gustaría
en estado de alarma continua.
Vivimos intoxicados por las señales de peligro inventadas
por nuestra propia imaginación.
Lo cual no nos permite relajarnos demasiado.
E interfiere en la capacidad creativa, 
en la capacidad de relación con los demás,
nos paraliza en el trabajo, 
no nos permite concentrarnos bien
y no nos permite disfrutar de nuestro tiempo de ocio.
También nos debilita nuestro sistema inmunológico.
Y nos debilita físicamente.
Nos predispone a sufrir enfermedades y dolencias.
Y nos apaga el sentido del humor.


Suficientes razones para que cada día no se nos olvide
desear a nuestros seres queridos y a nosotros mismos una
gran dosis de E S P E R A N Z A
el mejor medio de transporte al
futuro


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