sábado, 12 de junio de 2010

DECIDIR


Cada día, todos, debemos tomar cientos de decisiones,
Unas intrascendentes, sin importancia;
¿ Qué calcetines me pongo hoy?
¿Cojo el bus o el metro?

Otras requieren de mayor esfuerzo, de atención por nuestra parte, de gasto energético,
pero son automáticas.
Ejemplos como mirar para cruzar una calle y decidir el momento de hacerlo
Frenar el coche en un ceda el paso o seguir sin parar, ...

Y por último están las decisiones complejas.
¿Qué quiero hacer con mi vida?
¿ Qué quiero ser de mayor? ¿Qué quiero estudiar?
¿Quiero cambiar a esa otra empresa?
¿Me voy a vivir a otro país?

A veces, y especialmente cuando se trata de decisiones complejas,
nos cuesta tomar decisiones.
La pereza, el "mañana veré..." o " que primero decida él" , suelen ser excusas
frecuentes para no decidir. Para dejar pasar tiempo. Para "pasar palabra".
La realidad es que en la base de la no elección
lo que suele habitar es emociones relacionadas con el miedo, con la inseguridad,
con la incertidumbre, con la anticipación negativa del futuro, ...
En resumen, con el no querer asumir riesgo por
miedo a equivocarnos

Y por si fuera poco, nuestro órgano de pensar, el cerebro, se siente cómodo así;
provoca ahorro neuronal, de energía cerebral.
Se mantiene en el status en el que mejor se encuentra: repitiéndose así mismo.

Pero vivir es elegir, priorizar, crear alternativas, ...
Cuando la vida va pasando vamos abriendo unas puertas y no otras,
que quedarán cerradas para siempre,
cogiendo unos trenes y no otros, que no volverán a pasar.
Iniciamos nuevos caminos y dejamos los que ya no nos convienen.

Elegir, algo que es un acto cotidiano, se convierte,
en algunos momentos de nuestra vida, en algo muy complejo, paralizante.

Por suerte, León Festinger, psicólogo social estadounidense,
nos dejó una teoría hace ya muchos años que nos ayuda
a quitarle importancia al fenómeno decisivo de la decisión.
Se conoce con el nombre de Disonancia Cognitiva.

Viene a decir que después de una determinada decisión,
nuestro pensamiento tiende a colocarse al lado de esa elección, de forma inconsciente, reforzando con argumentos la validación positiva de la misma.
Al mismo tiempo, asignamos todos los aspectos negativos posibles a la decisión desechada.

Si finalmente decido estudiar biología en lugar de la otra alternativa
que era ser médico, mi propio argumentario cerebral
empezará a crear todas las razones, (=justificaciones),
para que encuentre todos los puntos placenteros positivos
que me hagan entender que esa ha sido la mejor elección.

Empezaré a decir, y decirme, cosas como que
"en medicina hay que estudiar muchos más años, que el MIR es muy complicado,
que tampoco se gana tanto en relación a la responsabilidad del puesto, etc...".
Por el contrario: " la biología es la ciencia del futuro, va con mi forma de ser,
me permitirá entender los mecanismos fisiológicos, etc..."

Es más, sabio que es el cerebro, empezará a filtrar todas las opciones
que vengan de afuera.
Quedándose sólo con aquellas que coincidan con lo que a él le importa.
Con las que justifican y conectan con el argumento que apoya la alternativa elegida.

Por una extraña razón a partir de ese momento, tras la decisión tomada,
empezaremos a encontrar por todas partes artículos de biología
que encajan con lo que queremos ser, a ver profesionales de ese área de la ciencia
en programa de tv, a conocer nuevos amigos que están estudiando biología
o que ya la estudiaron, etc...
Es como si el cerebro, se enfocara sólo en eso en lo que, a partir de esa elección,
empieza a interesarle. Descartando lo que ya no es importante para él.
Se conoce como Resonancia Límbica.
Y científicamente mucho en ello tiene que ver el Sistema Reticular Ascendente.

Al final de lo que se trata es de que al ser humano lo que le gusta es
sentirse coherente con lo que hace, dice o ha elegido.
ES LA TEORÍA DE LA CONGRUENCIA.

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Por si quieres tener más información científica al respecto alargamos este post y te de dejo aquí algunas experiencias más...


Michael Gazzaniga, famoso psicólogo experto en teoría cognitiva, le debemos algunos de las más interesantes experiencias en este campo.

Este investigador se preocupó por estudiar los efectos que una intervención quirúrgica, la comisurectomía, podía tener sobre los pacientes en los que se realizaba. Es una operación que se lleva a cabo en casos excepcionalmente graves de epilepsia y que consiste en seccionar el cuerpo calloso.

El cuerpo calloso es un haz de fibras que conecta los dos hemisferios cerebrales, de modo que los ataques epilépticos no puedan pasar de un hemisferio a otro. Contrariamente a lo que cabría esperar, los pacientes sometidos a esta intervención seguían llevando una vida completamente normal sin efectos secundarios debidos a la operación.

En un experimento muy conocido, Gazzaniga expuso a varios de estos pacientes a una situación en la que a cada hemisferio cerebral se le presentaba una imagen distinta. Por ejemplo, al hemisferio izquierdo se le presentaba la imagen de una pata de pollo y al hemisferio derecho se le presente un paisaje con nieve.

Como en estos pacientes el cuerpo calloso estaba seccionado, la información no podía pasar de un hemisferio al otro. Esto implicaba que los pacientes a los que se les había presentado un dibujo direccionado al hemisferio izquierdo sólo “veía” la pata de pollo y aquellos a los que se les había direccionado el dibujo al hemisferio derecho sólo “veía” el paisaje con nieve.

Después de ver estás imágenes, los participantes tenían que elegir entre otros dos dibujos que tuviera alguna relación con lo que acababan de percibir. Por ejemplo, se les daba a elegir entre el dibujo de una gallina y el dibujo de una pala para quitar nieve.

Se podía ver en todos los casos que si era el hemisferio izquierdo el que hacía la elección, entonces la respuesta decidida era elegir la gallina; pero si elegía el hemisferio derecho, entonces la respuesta por la que se decidían era la pala.

Pacientes que participaba en este experimento direccionando al mismo tiempo a los dos hemisferios elegían la pala con la mano izquierda y la gallina con la mano derecha. Obviamente, lo que había pasado es que cada hemisferio había elegido y ejecutado "SU" respuesta correcta.

Pero lo más interesante sucedía cuando a los pacientes se les preguntaba por su elección. La respuestas sólo las podía elaborar su hemisferio izquierdo, que es el que se encarga del lenguaje.

Pero, como este hemisferio no tenía acceso a toda la información necesaria para dar una explicación, (en concreto, este hemisferio no tenía constancia de que se hubiera presentado la escena con nieve), se inventaba siempre una explicación de lo más particular. Como por ejemplo : “Muy fácil. La pata de pollo corresponde a la gallina y necesito una pala para limpiar el gallinero”.

Tal vez esta sea la muestra más clara de hasta qué punto las personas necesitamos ser congruentes con nosotras mismas y justificar nuestras acciones incluso cuando las hemos realizado sin razón alguna o cuando desconocemos los motivos.

Lo peor es que esta tendencia a dar explicaciones de lo que hacemos acaba convirtiéndonos en esclavos de lo que ya hemos hecho, de lo que ya hemos elegido.

Una vez elegida la pala, preferimos ponernos a limpiar el gallinero antes que reconocer que no sabemos por qué la elegimos.

Por no pararnos a pensar lo suficiente, o dicho de otra forma, por no atencionar nuestra mente en lo que vamos eligiendo, rara vez sabemos por qué hacemos las cosas, haciendo que gran parte de nuestra vida se convierta en una actuación para nosotros mismos, para que nuestro cerebro esté contento con su "momento mágico": el de la elección más cómoda.


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