domingo, 8 de septiembre de 2013

¿Y si estamos mirando en el lugar equivocado?


Ojo de freebie vectors

Pregunta a cualquier persona qué espera como fin último en su vida
y te responderán en su mayoría que "ser felices".
Algo que es extensivo a todas las partes del mundo y en cualquier tipo de sociedad y cultura.

Y, con frecuencia, oímos cosas como ...

"sería feliz sólo si ella quisiera vivir conmigo"
"Sería feliz si me tocara la lotería"
"Sería feliz si tuviera una casa más grande"
"Sería feliz si no tuviese tanto trabajo"
"Sería feliz si encontrase trabajo"
"Sería feliz si tuviera un cuerpo mejor"
"Sería más feliz si tuviera mejor salud"
...


Probablemente la mayoría de nosotros nos sentimos felices. O probablemente no.
Probablemente estamos satisfechos con lo que somos y tenemos. O probablemente no.
Pero en cualquiera de los casos, como humanos, sentimos deseo.
Ambición necesaria para desarrollarnos, para crecer, para superarnos, para avanzar.

Sentimos deseo de ser algo diferente.
Sentimos deseo de dedicarnos a aquello que nos gusta.
Sentimos deseo de tener lo que todavía no hemos alcanzado.
Sentimos deseo de vivir experiencias únicas que no hemos vivido.
Sentimos deseo de poseer lo que todavía no tenemos.
Sentimos deseo de recuperar aquello que fuimos o tuvimos y ya no está con nosotros.
...

Quizás el deseo, junto con el amor, sea la expresión humana más potente.

Cada uno podemos confeccionar nuestra propia lista de deseos para SER FELIZ.
Y sí, esas cosas que uno desea y que recogería en su lista, probablemente le proporcionarían más bienestar.

Parece ser que todas las encuestas y estudios demuestran que la gente es menos feliz que hace 20/30 años,
pese al gran incremento en los niveles de bienestar en este período de tiempo.
Se le conoce como la gran paradoja del siglo XXI.

¿Y si estamos confundiéndonos 
con la palabra FELICIDAD?

Felicidad, ¡que palabra tan manida!
¿Y si felicidad y el bienestar viven cerca pero no son lo mismo?

En el año 2003, Dan Baker publicó varios estudios y su libro  Lo que sabe la gente feliz.
Demostraba que el grado mayor o menor de felicidad en las personas parece estar relacionado con
la capacidad de poder construir nuestro propio destino
y de aceptar lo que no podemos cambiar del mismo.

Es decir, más dueño de tu destino, más feliz.
Mayor posibilidad de construir y dirigir tu propio futuro, más feliz.
Menos distancia entre la realidad que vives y la que deseas vivir, mayor felicidad.
Felicidad como un sentir que depende de dos caminos.
El primero como la capacidad de convertir el deseo en realidad.
El segundo como la capacidad de aceptar todo aquello que en tu destino aparece y no podrás cambiar.

Baker nos enseña, bajo este modelo de felicidad consistente en poner al destino bajo control,
que la autentica felicidad es un estado raro de encontrar.
Por dos razón: porque las expectativas humanas, provocadoras de deseo, superan con frecuencia
a las posibilidades de cumplirlas.
Y porque el ser humano no es un animal dispuesto en su origen biológico, ni se nos enseña,
a aceptar el destino que se escapa de nuestra mano, el que no podemos modificar, el que tenemos que aceptar.

Ser feliz podría consistir en conseguir el equilibrio entre elegir y aceptar.

En la Unión Europea el gasto farmacéutico en recetas de productos antidepresivos ha aumentado,
según el panel IMS, hasta un 40% en la última década.
La Organización Mundial de la Salud predice que en el año 2020, las depresiones, las migrañas,
la ansiedad, las crisis de pánico, serán las enfermedades que estén presentes en más del 35% de los adultos.
Hoy día, 1 de cada 3 personas tienen, al menos una vez en su vida, una crisis de ansiedad.

¿Y si estamos mirando 
en el lugar equivocado?

La felicidad no vive afuera.
No mires ahí. Mira adentro.
Hay que buscarla mirando mucho más dentro de nosotros mismos.
Buscarla afuera es contraproducente.
Dejarla en manos de otros, de otras cosas, es empezar a perderla.

La felicidad no es un estado material. Es un estado espiritual. Es un estado interior.
Es la experiencia del gozo por lo que vivimos en cada momento.
Es la capacidad de asumir riesgos, de superar miedos, de elegir los caminos que nos estimulan.
Es la sensación sentida de que la vida es buena y de que merece la pena estar vivo.
O mucho mejor, como leía el otro día:

"Merece la alegría estar vivo"

La auténtica felicidad consiste en vivir con satisfacción y placer los momentos efímeros.
La felicidad nace de apreciar lo cotidiano.
De vivir con intensidad cada segundo, cada instante.

Ser feliz significa implicarte en sacar de ti todas tus emociones positivas.
Y eso te beneficiará en la totalidad de tu ser, emocional, física, espiritual y mentalmente.

En última instancia los seres humanos sólo tenemos dos sentimientos esenciales:

el miedo 
y
el amor

El miedo nos ayuda a sobrevivir.
Y el amor a prosperar. A crecer.

Una mala versión del miedo es el temor. Es el miedo tóxico.
Este no nos ayuda. Nos paraliza.
El temor es el responsable de que seamos infelices porque aleja nuestros deseos, nuestros sueños,
de la capacidad para convertirlos en realidad.

Hay una mala versión del amor. Es la dependencia y el apego.
No nos ayuda porque no nos permite aceptar las nuevas realidades.
No nos deja avanzar, nos ata al pasado.
También nos paraliza.
Nos aleja de la aceptación.

Es un mito, y desde luego no lo que he querido expresar en este artículo,
pensar que ser feliz es estar siempre alegre.

Tres elementos, nos enseñan los expertos en psicología positiva, son necesarios para ser felices:

la capacidad de regular nuestras propias emociones,
la capacidad de comprometernos con nuestro futuro
y la capacidad de encontrar sentido a nuestra vida.

En resumen,

no dejes la felicidad en mano de las circunstancias, créalas;
no dejes la felicidad en mano del destino, constrúyelo.
Cambia lo que necesites cambiar desde ti mismo 
y lucha por todo aquello que deseas;
siéntete libre de elegir, para así poder dirigir tu futuro
y acepta no sufrir por todo aquello que no puedes cambiar



Tres son los lugares donde buscar felicidad:
las circunstancias ajenas a nosotros, 
la disposición biológica 
y la conducta.

Del primero ya hemos hablado. Ya sabes, aceptar.
Aprender a distinguir bien lo que puedo cambiar y lo que no. Lo que es ajeno e inmutable y lo que de mi sí depende.
No gastar energía en lo que no puedo modificar.

El segundo forma parte de nuestra herencia. Nada que decir.
También mucho que aceptar, poco podemos hacer.
Aunque no conviene olvidar el cuidado de nuestra salud, la alimentación, el ejercicio físico, etc...
Influyen sin duda en nuestra felicidad.

Y el tercero es el que nos da la mayor libertad posible.
Nuestra propia conducta. Lo que elegimos ser, hacer, parecer, vivir, sentir, pensar, ...
En la mayoría de las personas, el grado de felicidad depende en más de un 50% de este tercer elemento.
Consiste en el cómo decides pensar sobre todos los hechos que vives.
Es lo que llamamos actitud.
Y se alimenta de nuestras vivencias, de nuestros valores, de nuestra experiencia, de nuestras creencias.
Es nuestra disposición mental ante cualquier hecho.

Una forma mucho más sencilla de entender la felicidad es la que nos enseña
el monje budista francés Mathieu Ricard, cuando nos dice que la felicidad consistiría en
comerse un sabroso plato de espaguetis y disfrutarlo en el momento,
caminar por la nieve bajo las estrellas y disfrutarlo en el momento,
leer un buen libro y disfrutarlo en el momento.

La felicidad 
no está más allá de uno mismo

No la busques en el lugar equivocado






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